La pestaña mágica

Mi colegio en la primaria fue el Divino Niño, de la señorita Herminia Serrano, ilustre pedagoga de la ciudad.

El colegio quedaba en donde aún queda ahora, en el barrio el Rocío, cerca de la sede del INEM. Pero aunque la sede sea la misma, la ciudad era otra completamente diferente, y por ende, ir al colegio era muy distinto a como lo es ahora.

Yo empecé a asistir al colegio en 1969, en primero primaria. Para entonces no existía aún el viaducto García Cadena, (que se entregó en abril de 1970) así que el bus (no “el transporte”, como le dicen ahora a las coquetas minivans que llevan a los niños de hoy) tenía que viajar por la carretera antigua, llegar a Provenza y después de recorrer toda la calle 105 pasar por el INEM, seguir por carretera “destapada” y entre árboles y matorrales llegar hasta la sede del colegio, que parecía más una finca que un centro del saber. Hoy en día, el barrio El Rocío lo absorbió completamente, y claro, es parte ya de la ciudad, con una moderna sede de reluciente fachada metálica.

El paseo en bus era ya una aventura. Eran cuatro rutas con buses en regular estado pero con colores bien diferenciados. A veces me tocaba el amarillo de Bernabé, o el Verde de Gerardo. En todos los casos a los niños nos formaban de a seis por banca!, sí, tres sentados y tres parados, quienes iban agarrados de la baranda del asiento de adelante. Además los niños íbamos en un lado y las niñas en el otro lado del bus, separados por el pasillo. Y es que esa era una de las características del colegio de entonces: era “mixto” pero “no revuelto”. Las niñas estaban en salones de niñas, tenían espacios de recreo diferentes y casi nunca se mezclaban con nosotros, los varoncitos; claro, en esa época era poco o nulo el interés nuestro en el sexo contrario, pues en el recreo salíamos a jugar en la polvorosa cancha de fútbol, o a coger mamones en los árboles y eso era mucho más interesante…

La educación impartida en el colegio era muy estricta. Recuerdo en especial que las matemáticas eran intensas, tanto que cuando ingresé en el San Pedro Claver para el bachillerato, estaba aventajado en esa materia.

Es que doña Herminia era de la antigua creencia (que compartían claro, mis padres) de que “la letra con sangre entra”; sí, era permitido y práctica común el “darle regla” a los estudiantes. Para ello utilizaban una regla de madera de una pulgada de ancho y un metro de largo, con la “ajustaban” a los estudiantes flojos o indisciplinados. Pero para la regla de madera había un remedio infalible: la pestaña mágica. El truco era sencillo: quitarse una pestaña (tenía que ser propia) y colocarla sobre la mano en que le iban a dar regla: de manera mágica, la mano se volvía insensible, y los golpes sucesivos de la regla no causaban ningún dolor. Yo tuve la oportunidad de probar estos superpoderes y les aseguro que funcionaban de maravilla.

Allí también conocí el poder del sueño: había un compañero gordito, al que le decíamos el “Oso” Montejo, quien, pasmado en plena clase, decidió echarse un buen “motoso”. Fui testigo de la profesora rompiéndole la regla en la espalda después de una serie grande de reglazos, sin lograr sacarlo de los brazos de Morfeo. Quizás el Oso se había colocado varias pestañas mágicas en la espalda, no sé, nunca lo supe…

El colegio me dejó tan marcado que el día de mi graduación más elevada, en diciembre de 1991, cuando me aprestaba a recibir la Maestría en Normal, en Estados Unidos, me soñé con la directora, doña Herminia, a quien le ofrecía mi diploma y noté que ella, como buena educadora que era, se veía muy complacida al ver qué tan lejos había llegado su pupilo.

Lo curioso es que a mi regreso a Colombia, hablando con un excompañero del colegio, me enteré que doña Herminia había fallecido en esa época, y que quizás el sueño que yo tuve era como una forma extraña de despedida. Gracias doña Herminia, mucho de lo soy se lo debo a usted y al Divino Colegio, y gracias a las pestañas mágicas terminé un capítulo de mi infancia y mi enseñadIVINO nIÑODivnza sin muchos moretones…Divino

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