A veces se preguntaban mis amigos el porqué de mi fiebre y mi amor por el fútbol, y por el Atlético. Quizás se olvidaban que a ellos les debemos nuestra existencia. Sin el fútbol mi papá no hubiera venido jamás a esta ciudad, jamás hubiera conocido a mi mamá y por ende no hubiéramos nacido.

Así que siempre quedamos con esa deuda de gratitud por este hermoso deporte, al que llevamos en la sangre, y que mejor que el fútbol para describir entonces la vida de mi padre? Digamos que la vida no se la puso fácil. Tuvo que regatear, además de a multitudes de defensas rivales, a la pobreza, a la falta de educación, a la resignación y al conformismo. Los regateó a todos, los dejó en el camino, tocó el balón de la vida con amistad, con respeto, con sencillez, pero sobre todo con una honradez a toda prueba, y se abrieron de par en par puertas y porterías.
Hoy, al final del partido del que fue figura, del mejor partido que jugó, el de la vida, sus hijos, sus nietos y sus amigos lo estuvimos esperando a la salida para celebrar y lo sacamos en hombros, dimos junto a él la vuelta olímpica al haber derrotado a sus enemigos, cual gladiador, contra todas las probabilidades.
Hoy descansó y se retiró del partido. Se fue a jugar, esta vez de veras a jugar, en una cancha celestial, en donde lo esperaban de pantaloneta larga y con un balón de cuero bajo el brazo, sus amigos, Peluffo, Zassini, Augurto, Stemberg, Marini, Guerrero y otros más. Al parecer al equipo de argentinos del 50 en el cielo le faltaba un goleador.
Desde allá, en medio de las pausas, nos estará mirando, ojalá orgulloso, mientras llevamos con tanta responsabilidad su apellido único en las canchas de la vida. Y en el escudo de nuestras camisetas, las insignias que nos pasó el viejo: honradez, responsabilidad, trabajo, amor por los hijos, amor por Colombia y por esa tierra lejana que nos la describió tan bien, que cuando finalmente fuimos, ya la conocíamos de memoria. Y con ese acento de argentino, de porteño, que nunca perdió a pesar de sus 60 años en Colombia, le escucharemos decir de nuevo: “Mirá vos!”.
Por eso su deceso no es motivo de tristeza. Al contrario, estamos contentos al saber que el viejo volvió a tener piernas para correr como gacela, para patear como burro, para driblar como diablo; volvió a recuperar sus pulmones de acero, sus brazos de hierro, y esa mirada alegre que todos le conocimos, con la que adornaba un chiste certero, o un apunte inteligente con el que alegraba nuestras vidas.
Y lo recordamos entre la harina de los ravioles frescos, entre el ají molido de su legendario matambre, entre el pan francés y el vino con soda, entre la pasta Frola y los asados, sonriendo con sus nietos, alegre y calladamente orgulloso de los logros de sus hijos. Hoy, en campos tan distintos como la gastronomía, la banca, la tecnología, la ingeniería civil y el comercio, sus hijos somos conscientes del honor que implica llevar su apellido. Y ese muchacho que llegó un día solo, a la cancha, con un uniforme roto a ver si lo dejaban jugar, con talento, con actitud, se va en hombros, dejando tras de sí una familia numerosa y un legado, un apellido al que siempre se le exige, y al que, gracias a don Raúl, se respeta y se confía.
Esta es la historia de mi papá. Un hombre bueno, un hombre valioso, que llegó con las manos vacías a estas tierras fértiles de los años 50, y que se fue la semana pasada cumpliendo el ciclo de la vida, dejando atrás, como gran fortuna, un estadio lleno de familiares y amigos, que lo recuerdan con un gran cariño y un gran respeto.
Definitivamente, fue la figura de la cancha, y la sacó del estadio.
Ese fue don Raúl Di Marco, en pocas palabras, un buen argentino.