El verdadero origen del “Pico y Placa”

Corría el año 1975 y en la apacible aldea de Bucaramanga de esa época los pocos automóviles de entonces circulaban libremente por las pocas calles pavimentadas que tenía la ciudad; entre ellas una de las más importantes era la Carrera 33, con dos carriles de lado y lado y semáforos electrónicos, toda una novedad para la época.

Precisamente sobre esta arteria quedaba el restaurante Di Marco en una amplia casa de dos pisos, en el más alto de los cuales vivíamos nosotros, los seis hijos del matrimonio de Don Raúl y Doña Nena.

Para ese entonces contábamos ya con “la fortuna” de tener a nuestra hermanita Silvia, quien había llegado al mundo con dos objetivos principales: el primero, a detener la fábrica de hijos varones, pues Raúl y la Nena estaban decididos a (pro)crear los “dimarquitos” que fueran necesarios hasta tener una nenita; ya éramos 5 los hombres varones en serie, y en esa época en que no se sabía el sexo de los niños hasta el nacimiento, los últimos tres habíamos sido motivo de desilusión, cuando al bajar el pañal encontraban el (pequeño) “chito” delator. El segundo objetivo, y esta tarea se la dieron desde el mismo momento del feliz nacimiento, era el de gobernar el segundo piso, y mandar sobre sus dos principales esclavos, Pipo y yo, los dos últimos desafortunados varoncitos que rompíamos a balonazos las costosas porcelanas de mi mamá y les dábamos dolores de cabeza en cada escapada furtiva para salir con “los de la cuadra”.

Esta última tarea se la tomó “Silvita” muy a pecho. Y utilizaba su poder de “la única hija y la menor” para someternos a los más fuertes castigos y represalias de la época: chancleta y correa “venteados”.

La mecánica era muy sencilla: cuando Silvia necesitaba recordarnos quien era la “jefe”, rompía a llorar cual hermanastra de La Cenicienta, y en menos de 15 segundos subía mi papá, correa ya desenfundada en mano, para ir ganando tiempo, a apagar el grito incendiario a golpes. Para ello miraba a Silvia, quien se limitaba a señalar (sin dejar de llorar) al culpable de dicho llanto. O era Pipo, leyendo tranquilo un cuento de Mac Pato en su cama todavía húmeda, o era yo, jugando a narrarle a una audiencia imaginaria los partidos de fútbol del Mundial de tapas de gaseosa.

Ambos nos mirábamos con terror: ¿Quién sería el elegido? ¿a quien le caería todo el peso de la ley guiado por una justicia inexistente en la que sólo la palabra de la supuesta víctima valía y la inocencia de los dos hermanos, sin derecho a defensa alguno, era totalmente ignorada?.

Pero en medio de todo, y en vista de la terrible decisión que tenía que tomar todos los días: “fue Pipo o fue René?”, mi hermana usó su creatividad nativa de villana para tabular y así dividir los castigos por días: los Lunes, Miércoles y Viernes, don René. Los Martes, Jueves y Sábados, don Pipo. Los Domingos descansábamos, pues las amígdalas de Silvia y las nalgas de nosotros tenían que recuperarse. Ah, pero los festivos no.

En ese momento y sin saber la importancia de su invento, Silvia había creado, para desgracia de los usuarios de automóviles en Colombia, la versión más básica y elemental del modelo del “Pico y Placa”.

Lo demás es historia… Silvia fue creciendo (en las 3 dimensiones), nosotros también (sólo en dos) y la vida nos fue alejando. Dice la leyenda que Silvia, en sus noches de aquelarres con otras brujas excomulgadas de las Pachas, describía su invento decorándolo con una risa diabólica y orgullosa que asustaba a los chinches y alacranes: se vanagloriaba de cómo su manejo del tiempo de castigo era ahora equitativo: 50% Pipo, 50% René, por lo que ya no tenía que pensar a cual de los dos castigar…

Entonces, alguna de las brujas asistentes se volvió (bruja) profesional y entró a trabajar en la alcaldía de Enrique Peñaloza en Bogotá, quien en el año 1998, buscando reducir el tráfico en esa caótica ciudad, escuchó -palabras más, palabras menos- esta historia transmitida de bruja en bruja, de escoba en escoba, y le pareció que esa era la solución perfecta.

Había nacido oficialmente el “Pico y Placa” que, aunque temporal en su inicio, se expandió por todas las capitales del país y se quedó con nosotros para siempre y por siempre jamás.

Escribo todo esto para buscar justicia: me parece desafortunado que no se le dé el mérito a quien realmente lo merece como “genial inventora”: mi hermana Silvia, quien lo usaba más de 20 años atrás en el segundo piso de una casa inmensa al lado de una calle tranquila, en una aldea pequeña en la que circulaban pocos automóviles y en la que pasé (a correazos) buena parte de mi infancia y adolescencia, infiltrado como un hijo varón más, recién llegado de un planeta en el que estas historias, -por su “pequeño” componente de ficción- no me las creen.

PD: Dedicada con mucho amor a mi hermana Silvia Andrea, quien ocupa un amplio lugar en mi corazón.

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