Hace medio siglo, navegó el Sputnik, el primer satélite artificial, esta es su historia…
Todo nació con la llegada del año Geofísico Internacional. Entre julio del 57 y diciembre del 58, duración de dicho año, habría un ciclo de altísima actividad solar, propicia para el estudio del sol y de nuestro planeta, pero desde afuera.
Entonces en 1952 el Concilio internacional de científicos que estableció ese Año Geofísico, pidió a todos los gobiernos que se lanzaran satélites artificiales durante ese período.
Tres años después, Estados Unidos anunció que construiría el primero, llamado “Vanguard”, para atender el llamado de la historia.
El impulso de la Guerra Fría
Al otro lado del mundo, un equipo de científicos rusos, liderado por Sergei Korolyov, trabajaba en un proyecto de cohetes capaces de llevar cargas nucleares a través del océano, pensando en la guerra fría, y utilizando tecnología confiscada a la Alemania nazi.
Pero Korolyov tenía sueños diferentes. Su mirada se perdía con frecuencia en el espacio, que se dibujaba claramente en la enormidad de la estepa soviética en que se localizaba su laboratorio. Soñaba con llegar a las estrellas, no en hacerlas caer sobre los enemigos de Lenin. Y esto del año geofísico le cayó como anillo al dedo para darle alas (o cohetes) a sus ideas.
Envalentonado por su gran liderazgo y tocando el tema del orgullo nacional de ser los primeros, logró convencer al primer ministro Nikita Khrushchev, más amigo de lo militar que de los sueños espaciales, de lanzar un satélite al espacio.
El camino del convencimiento se pavimentó a través de promesas de llevar algún día pasajeros al espacio, y claro, de paso, armas nucleares si fuese necesario. Aprobado.
Su clave: la simplicidad
La clave de Korolyov para llegar primero al espacio, fue la simplicidad. Bautizó su proyecto PS-1, que eran las siglas de “Prosteishiy Sputnik” que si mi ruso no me engaña traducía algo así como “el satélite más simple”.
Y en verdad lo era. Se trataba de dos radios de frecuencias diferentes, junto a un rudimentario sistema de ventilación, y tres pesadas baterías que alimentaban a todo el sistema.
Los dos radios emitían cada cierto tiempo un par de “bips”, cual latidos del corazón, que indicaban que el satélite estaba sano, vivo y volando.
Todo esto metido dentro de una esfera de aluminio, muy brillante y hermética, llena de nitrógeno seco, y adornada con cuatro antenas de radio, que le daban su histórica figura de medusa espacial.
El cohete, lo complicado
El truco no era el satélite en sí. Era el cohete que lo llevaba, cohete que debía probar que era capaz de subir a una altitud de más de 100 kilómetros, y de despachar este perdigón plateado a una velocidad de más de 8 kilómetros por segundo para que pudiera, según los cálculos de la época, unirse a la luna en su juego de dar vueltas alrededor de la tierra.
La tecnología del cohete era claramente superior en el lado rojo del mundo. Así lo demostró el equipo de Korolyov cuando el 4 de octubre de 1957, a las 10 y 28 minutos de la noche, hora de Moscú, y después del tradicional “Pusk!” (Disparo!), un pesado monstruo de cinco motores llamado “R-7” despegó llevando en su cabeza cónica a su pequeño huésped, al que en menos de seis minutos de vuelo vertical depositó casi perfectamente en la órbita planeada.
El primer objeto hecho en la tierra salía de ella, y se unía a las estrellas. Pero no era una de ellas, como se pensó al comienzo. La confusión se generó pues una de las partes del cohete hizo órbita también, y al ser de mayor tamaño generaba una estela luminosa visible desde nuestras montañas, y así todos pensaban que ese era el pequeño espía ruso en el espacio. Pero no, el pequeño PS-1 no era visible tan fácilmente, aunque su corazón, latiendo a ritmo militar soviético, sí se escuchaba sin dificultad en cada lugar de la tierra, desde la Antártida hasta Groenlandia, pasando por la Jagua de Ibirico.
“Espía” sobre Estados Unidos
Esta nueva lunita causaba asombro por todos los lugares que velozmente visitaba. Pero claro, en uno en especial causaba mucho más que eso: en Estados Unidos la gente lo veía como el ojo espía del comunismo, y su constante “bip, bip” como el conteo regresivo de una bomba nuclear a punto de caer en sus jardines aburridos.
Allí entonces ocurrió inesperadamente lo mejor de la historia del pequeño satélite: el gobierno norteamericano, presionado por el orgullo herido de un pueblo acostumbrado siempre a ganar, creó una agencia espacial, la mismísima NASA, que doce años después reclamó el liderazgo con la llegada del primer hombre a la luna, nuestro eterno satélite natural.
Pero no fue lo único. También se creó la agencia de Investigación Avanzada ARPA, que años después creó el “ARPAnet”, padre del Internet moderno, al tiempo que se patrocinaron numerosos proyectos de investigación en el campo aeronáutico, sin los que hoy no tendríamos los aviones ni cohetes que le hacen cosquillas a nuestros cielos.
Y por supuesto, el nacimiento de las comunicaciones satelitales, que el Sputnik mostró que eran posibles, y que hoy permiten, entre otras cosas mucho menos importantes, que sigamos cualquier partido de fútbol de nuestra selección, en vivo y en directo, desde Papúa, si es necesario.
Primer pasajero: el ingenio humano
Todo esto lo logró esa tímida esferita plateada hace ya 50 años. Lo curioso es que sus dueños no pudieron dimensionarlo: cuenta la historia que Nikita Khrushchev, el entonces premier ruso, al conocer la noticia, se limitó a escuchar un par de bips del rusito espacial, se dio media vuelta y se acostó a dormir. Y junto con él, el país entero, lo que a la postre significó perder su ventaja inicial en la gran carrera espacial.
Era claramente mucho más que un pequeño logro científico. La humanidad lanzaba traviesa una marita de plata que rompía en pedazos y por primera vez el vitral de la inmensidad del espacio, llevando adentro y por contenido, nada menos que una muestra viva en metal del asombroso ingenio humano, en forma de un par de radios repitiendo sin cesar: Bip, bip.
Hasta la próxima.
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Publicado en la Página de Informática de Vanguardia Liberal del 14 de Octubre de 2007.