Encuentro con “La Parca”

Siempre he pensado que llevo un ángel a donde quiera que voy; en algunos momentos no lo siento mucho, pero en otros, no sé porqué, siento que me protege y me “libra de todo mal”, aunque eso implique, en un intercambio o pago justo, que cuando me equivoco pago con creces e intereses mis errores para volver a quedar a paz y salvo.

Lo que voy a narrarles es un episodio en el que mi vida se puso en un riesgo certero y elevado, del que salí avante sin quererlo y, curiosamente, sin pensar en ese momento en que estaba en un peligro real de morir. Tampoco, como verán ustedes, tuve mucho tiempo para pensar…

Esto ocurrió en la semana santa del año 1.994.

Mi enamorada de entonces, Adriana, madre de Niko, había viajado a a Bogotá a cubrir el Festival Iberoamericano de Teatro para el periódico Vanguardia, y me había invitado a que la acompañara en ese cubrimiento en los días festivos. Para ello, debía viajar solo, en el automóvil Mazda 323 que tenía en ese momento, desde Bucaramanga hasta Bogotá, un trayecto que entonces tomaba unas 8 horas de camino para cubrir los 400 kilómetros.

En la mitad de la semana, quizás un miércoles en la noche, había llegado de México mi muy querido amigo Chucho y ese fue motivo suficiente para salir a tomar algunas cervezas (pocas) con los compañeros de colegio, con lo cual me trasnoché un poco.

Igual, el jueves Santo salí muy temprano de Bucaramanga, un poco somnoliento, camino a Bogotá. A mitad de camino me esperaba el susto de mi vida: acababa de pasar Arcabuco y una pequeña lluvia había dejado en el camino un chorrito de agua que bajaba de la montaña y que atravesaba la carretera, en una línea recta negra que asustaba. Y me asusté: en ese momento presioné el freno e inmediatamente perdí el control del carro, que entró en una barrena dando vuelta tras vuelta, el timón enloquecido, y cuando finalmente se detuvo, el carro estaba en el carril contrario con la trompa apuntando de regreso a Bucaramanga.

Sobra decir que durante ese incidente no pasó ningún carro o bus o camión por el otro lado, lo que hubiera sido absolutamente mortal. Y era muy común que a esa hora del día (calculo que eran como las 3 de la tarde) hubiesen vehículos viajando en sentido contrario.

El hecho es que, como pude, me salí del camino, orillé el carro, y me bajé temblando también sin control, efecto seguro de la adrenalina experimentada; esperé a que me bajara un poco la tembladera y muy temeroso y desconfiado volví a coger el timón y completé el viaje hasta Bogotá.

Hay que recordar que en esa época no habían celulares aún, así que no pude contar el susto vivido hasta que llegué a Bogotá.

Hoy creo que ese día me la perdonaron. No recuerdo que hubiese habido un recorrido mental rápido por mi vida, ni pensamientos de muerte, o recordar a mis parientes fallecidos. No, nada de eso, sólo la duda gigante del porqué me habían dado otra oportunidad de vivir, a pesar de mis errores, a mis 31 años, duda que hoy no resuelvo.

Sólo sé que ese día, mi ángel fue más fuerte que la Parca y me puso libre de peligro en el otro lado del camino.

Espero que, en todo lo vivido en estos otros 30 nuevos años que me regalaron, haya podido, de alguna manera, pagar el derecho que, como al soldado Ryan, se le dio sin pedir, el de vivir una larga vida…

Scroll to Top