El gringo de la “cuadra”

Disfrutaba de mi adolescencia tranquila en épocas en que la ciudad aún nos permitía el “lujo” de jugar fútbol con los amigos en sus calles semi vacías. En uno de esos “partidos” pateé muy duro el balón y preciso voló hacia el ventanal de una casa enorme del barrio y lo rompió en mil pedazos. Para empeorar las cosas, el balón se quedó adentro de la casa.

Los habitantes de aquella mansión eran un misterio: sólo recuerdo que vivía un norteamericano “gigante”, de por lo menos 1.90, mono, poco cabello pero ya canoso, muy robusto, que se veía poco y que, según nos contaron después, era contratista de Ecopetrol y casado con una delicada y muy bonita dama santandereana.

Al “gringo” (como les decimos acá a los que vienen de Estados Unidos) le teníamos miedo: no se le veía cara de buenos amigos, y además era realmente gigante.

Presionado entonces por los amigos (en un 90%) y por el afán de reconocer mi error y pagar -de alguna manera- por los daños causados, me armé de valor y fui a enfrentar las consecuencias de mi pie torcido.

Timbré a la puerta y preciso, estaba él allí. Le expliqué en mi decente Español que yo era quien había partido la ventana y que quería reclamar el balón y además pagar por el vidrio roto.

Entonces, contra todo pronóstico, el gigante rubio entró, me entregó el balón, y sin dejar de reconocer mi valor al “ponerle la cara” me dijo una frase que, más de 40 años después, no se me ha olvidado: “No te preocupes, yo también tengo hijos que parten ventanas“.

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