Roncador y Quitasueño

Alrededor del año 2001 logré engancharme con un equipo de fútbol que jugaba torneos muy competitivos en varios suburbios de Chicago, cerca casi todos en donde yo vivía.

Una de las primeras invitaciones era muy atractiva: ir a jugar un torneo relámpago en las afueras de Rockford (si mal no recuerdo). El sistema del torneo era así: en vez de jugar pocos partidos de 90 minutos, se jugaban todos los partidos de un torneo en mini juegos que no pasaban de 10 minutos, todo esto durante un fin de semana que comenzaba el viernes en la noche y terminaba el domingo en la tarde.

Para lograrlo, y no estar viajando, los equipos acampaban, lo cual le añadía otro grado de atractivo, pues siendo verano, era el clima ideal para probar el camping y además compartir e integrarse con los otros jugadores del equipo. Recuerden, yo era el “nuevo”, los demás llevaban varios años jugando juntos.

A la hora de buscar donde dormir la primera noche, el equipo ya había distribuido por parejas las tiendas de acampar disponibles. Curiosamente, una quedaba bastante alejada de los demás; era la que le habían asignado a Hamza, un robusto, bonachón, defensa central tipo nevera de muy pocas palabras que había emigrado años atrás de Herzegovina. Pero lo más curioso es que yo iba a ser su compañero, su “roomie” esa noche.

Era claramente una broma pesada de los demás para con el “novato”. Todos, absolutamente todos, excepto yo, claro, sabían que cuando Hamza dormía, sus ronquidos alcanzaban a cruzar la frontera de Sarajevo, y se rumora que alcanzaban a mover las agujas de los sismómetros de Zagreb, la capital croata, localizada a 400 kilómetros de distancia de la casa de juventud del buen Frank.

Bueno, pues yo no tenía más remedio que compartir la carpa con Hamza. A la hora de dormir, cada uno ocupó la mitad asignada, y me preparé sicológicamente para una explosión de tambores al lado mío y para desvelarme.

Tardé bastante en quedarme dormido (creo que unos 3 segundos?); el caso es que cuando me desperté en la mañana y salí de la carpa, estaba todo el equipo de pie, aplaudiéndome a rabiar. Hamza, el terror bosnio de las acampadas, no pudo conmigo. A los 5 minutos de haber entrado ambos a la carpa él había salido disparado a un hotel cercano, no sin antes pedirles perdón de rodillas y llorando a todos los miembros del equipo a quienes había “atormentado” durante años con sus estruendosos conciertos nocturnos.

Al otro día entonces, ya el sábado, fui titular por primera vez, todos me hacían pases e incluso tuve una oportunidad de gol (que lógicamente desperdicié), todo en agradecimiento por haber vengado los sonidos guturales de Hamza.

Aunque, para decir la verdad, no sé si estaban celebrando la caída en una mayor desgracia: me contaba otro compañero colombiano que estaba en uno de las carpas lejanas, que había soñado “toda la noche” con un tren que se acercaba lentamente, que incrementaba de a poco su fuerte sonido, y que luego se alejaba, para, al rato, volver a pasar de nuevo. Le di el teléfono de mi lectora oficial de sueños y me fui a jugar tranquilo, y lo mejor, descansado de haber dormido plácidamente toda la noche en una carpa solitaria…

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