Un perro se acercó a un árbol y justo cuando empezaba a levantar la pata, este le ladró en perfecto perruno: “Hoy no me orines, por favor!”…
El perro se asustó y salió corriendo, pensando que había un perro muy grande escondido.
Y firmemente expresó: “Solo quiero que me respetes un poco, y que no riegues a mis viejas raíces con tu líquido amarillo. Es mucho pedir?”
El perro, un viejo sabueso irlandés, entendió que la había estado “orinando” toda la vida, y dejó de hacerlo, y en vez de eso, y desde ese día, se sentaba a diario con el viejo y sabio árbol a conversar, en buen “perruno”, sobre las vicisitudes de la vida, hasta la caída de la tarde y la llegada de la noche estrellada sobre el campo abierto de abedules…
EPÍLOGO:
El tiempo fué pasando. El perro envejecía mucho más rápido que su amigo, que cada primavera veía florecer de nuevo sus hojas y fortalecer sus raíces. Llegó un momento, luego de muchos inviernos, en el que el perro no pudo volver a visitarlo.
Sus dueños, conscientes de los hábitos de su can, y sintiendo que su vida se le iba, lo llevaron alzado a despedirse de su gran amigo. Éste le acogió, comprendió que le quedaba poco tiempo, y lo dejó descansar sobre una alfombra hecha de enredaderas con pequeñas flores amarillas. Y poco a poco, al ritmo en descenso de los latidos del corazón, hojas ya secas con todos los diversos tonos del otoño lo fueron cubriendo, hasta que el noble animal y las raíces y hojas se volvieron un solo manto vegetal.
El árbol, entonces, no volvió a “hablar”. Sólo aullaba frente al viento alisio que le acariciaba, manifestando su agradecimiento y su nostalgia por el amigo que lo acompañó tanto tiempo.